Una historia redonda

   

En la primera mitad del siglo pasado una serie de desplazamientos dio origen a una tradición artesanal que enriquecería la cultura y la economía del municipio de Monguí, en Boyacá. 

Por un lado, el joven monguiseño Froilán Ladino Agudelo viaja a Bogotá para trabajar en la talabartería de un paisano suyo. Por otro lado, un grupo de soldados y ciudadanos peruanos invaden Leticia para reclamarla como propia; como resultado de este hecho, en 1932 estalló la guerra entre Colombia y Perú. Froilán, en ese momento prestando el servicio militar, es enviado a Leticia y luego a Manaos en Brasil. En este recorrido entre regiones encontró artesanos que utilizaban el cuero para hacer balones de una forma que llamó su atención, dada su experiencia en talabartería y marroquinería, aprendió fácilmente el procedimiento. 

A su regreso a Monguí empezó a producir balones utilizando la técnica que había visto en su viaje: cada par de hexágonos de cuero se juntan y se prensan con dos tablas que se presionan con las rodillas para ser cocidos con hilo. Contrataba habitantes del pueblo a quienes les entregaba los implementos necesarios para el cocido de los balones, rápidamente los empleados aprendieron el oficio y la calidad del cocido se optimizó. 

Mi inquietud por la historia de los balones de Monguí comenzó cuando escuché en la radio las dificultades que los monguiseños enfrentaban al tener que competir con los balones importados de China. Habiendo conocido el municipio previamente, no fue difícil tomar el bus de Bogotá a Sogamoso y de ahí montarme en una buseta hasta Monguí. El interés por el tema me ha hecho visitar el pueblo en más de una ocasión. Se siente bien volver a encontrarse con esa hermosa arquitectura, esas construcciones en piedra y esas personas sencillas y amables que reciben a los visitantes con una sonrisa. 

En una de mis visitas conocí a don Edgar Ladino, quien amablemente me compartió detalles de cómo su tío abuelo, Froilán llevó a Monguí la fabricación de los balones artesanales. Él recuerda las filas que se hacían cuando llegaba el día en que los habitantes entregaban la “tarea”, como le llamaban al conjunto de balones cocidos que cada trabajador entregaba a la semana, “eso les permitía hacer su mercado, pagar sus servicios, estar bien!” me dijo don Edgar.

Manuel, hermano de Froilán Ladino aprendió a fabricar balones trabajando para su hermano y al cabo de un tiempo se independizó y montó su propio taller de balones. Don Manuel podía llegar a tener fácilmente doscientos empleados al destajo cociendo balones en sus casas. Posteriormente, Paulino, hijo de Manuel, tuvo ochenta empleados en planta y más de trescientos cincuenta al destajo. Mientras don Edgar en su fábrica produce actualmente entre trescientos y cuatrocientos balones semanales, Paulino, su padre, fabricaba en su empresa tres mil quinientos balones por semana.

Don Edgar me explicó que una de las causas de esta disminución en la producción es la alta cantidad de productores, inundando el mercado de balones. Es muy fácil montar un taller para fabricar balones. Se necesita poco capital inicial y se pueden alquilar las máquinas necesarias en el proceso, por lo tanto se han originado muchas microempresas en el municipio aumentando la competencia en un mercado que no ofrece tanta demanda como oferta. Adicionalmente, la competencia con los balones provenientes de otros países es desventajosa: los costos de producción son muy altos para competir con producto extranjero. Un ejemplo claro de este problema es que el metro de PVC, utilizado en la fabricación de bolones, se consigue en Colombia a 13 dólares, mientras que en Méjico la misma cantidad del material se vende a 4 dólares. Adicionalmente los costos de envío en Colombia son muy altos; basta señalar que movilizar mercancía de Shanghái a Buenaventura es más económico que transportarla de Buenaventura a Bogotá. Sumado a esto está el costo de la mano de obra: un obrero en China gana un promedio de $240.000 mientras que en Colombia un salario de un trabajador puede salir por más de $900.000 pesos con prestaciones. 

Ante mi inquietud acerca del papel que el estado debería desempeñar en esta problemática don Edgar me dice que no vale la pena que el estado detenga o reduzca la entrada de balones chinos al país. Me dice que la calidad actual de los balones que se producen en Monguí es alta y que lo importante es que se garanticen los medios de producción para ser competitivos con el producto extranjero, es decir que se necesitan políticas que reduzcan los costos de producción y de transporte, dotando así al productor nacional de los medios para sobrevivir en el mercado que en el momento presenta una competencia desigual. 

Ahora no solamente se producen en Monguí balones de fútbol sino también de baloncesto y de fútbol americano. Cada fábrica encuentra compradores por sus propios medios. Don Edgar ha encontrado oportunidades en el sector publicitario: hace balones para las alcaldías, para entidades como Comfaboy, Ecopetrol y demás empresas que deseen obtener balones con su logo para promocionarse. Un caso similar sucede con la fábrica de don Jorge, hermano de Edgar, quien produce balones publicitarios según los pedidos que le vayan saliendo, además de los balones necesarios para surtir la miscelánea de su familia. En frente a la plaza central de Monguí hay almacenes como Arcueros, en donde se venden balones fabricados allí mismo y se producen igualmente balones publicitarios. Un caso diferente sucede con la empresa Gegol, que ha generado un contacto comercial el cual le permite exportar balones a Venezuela, y ha tecnificado y organizado su ciclo de producción. Y está por supuesto el caso de Golty, empresa colombiana de renombre con sedes en Bogotá y Monguí que aunque fabrica balones para uso profesional con procesos modernos que reemplazan el hilo y la aguja por vulcanizado, emplea aun habitantes del municipio para el cocido de ciertas gamas de balones. Adicionalmente hay cerca de 30 microempresas de balones que están luchando por vender su producto y lograr vivir del oficio que por tantos años ha hecho famoso al municipio.

Pero Monguí es un municipio pequeño en contacto constante con ciudades más grandes y esta influencia externa puede deteriorar las tradiciones que se han cultivado a través de muchos años. Don Edgar recuerda con nostalgia a los campesinos que cocían balones mientras cuidaban los cultivos y el ganado o desarrollaban sus oficios diarios; hoy en día ya no se utiliza el balón cocido profesionalmente, solo el balón vulcanizado. Sumado a esto, el Festival Internacional del Balón que se celebraba en el municipio se suspendió después de su séptima edición. En el marco de este festival se llevaban a cabo actividades que traían mucho turismo y fortalecían la cultura del balón en el municipio, como la competencia del tejedor más rápido y la elaboración del balón más grande del mundo. Por decisión de la administración municipal, 2011 fue el año en el que se celebró dicho festival por última vez. A estos cambios se les suma una disminución gradual en la población del municipio, que de tener unos 7600 habitantes en la década de los 70, pasó a 4901 en el censo del 2005. Muchos jóvenes después de graduarse del colegio buscan opciones en Duitama, Sogamoso y Tunja, o incluso en la capital del país en diversos empleos, incluyendo trabajos en el ejército y la policía. Don Edgar estima que para el próximo censo la población va a ser menor a 4500 habitantes y por lo tanto el municipio va a bajar de categoría, lo que significa pasar de tener 9 concejales a 7 y además disponer de un presupuesto menor. 

Así la tradición que comenzó con el viaje de un joven hace muchos años, va cediendo frente a los nuevos tiempos que motivan a los jóvenes a migrar a las ciudades en busca de nuevas oportunidades.

Fotografías y textos por Luis Palacios.
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