Una tradición ancestral en Taganga

   

Estando en el centro histórico de Santa Marta, me monté en un bus camino a Taganga, un corregimiento de Santa Marta, en el departamento de Magdalena. Caminé hasta la playa y entendí por qué mis amigos fotógrafos me habían recomendado ese lugar. Dos cosas llamaron mi atención de aquella ensenada; la primera fue el cielo del atardecer que se ve desde esa playa y la segunda fue el movimiento que se creaba cada vez que llegaba un bote o una lancha llena de peces recién pescados. 

Para admirar el cielo del atardecer basta caminar por la playa unos minutos o pagar el paseo en lancha que le ofrecen a cada turista que se acerca a la playa. Para alguien que no esté acostumbrado a visitar pueblos pesqueros, un paisaje como este será una experiencia que se siente como nueva cada vez que se vuelve a presenciar; o al menos así me pasó a mí cada día que regresaba al lugar.

Pero la dinámica de los pescadores en la playa es algo que sentía merecía más indagación: cada vez que un hombre bajaba de una lancha con una canasta llena de pescados la gente se acercaba; se escuchaban gritos y circulaba el dinero. En esa playa conocí a Cancha, un pescador que estaba preparando sus redes para la jornada del día siguiente. Me comentó que iba a probar una red que estaba elaborando para ver cómo funcionaba; conversando con él, me dijo que lo que hacía era seguir la tradición aprendida de sus ancestros con el arte de la elaboración de los chinchorros; así era como se llamaban las redes que se utilizan en ese tipo de pesca. Mi curiosidad por este trabajo comenzó a satisfacerse cuando él me invitó a acompañarlo en su oficio al día siguiente. Las condiciones eran: madrugar, llevar almuerzo y agua.

La oscuridad propia de las cinco de la mañana me recibió en la playa que los días anteriores me había alegrado con sus colores y su luz. Con ayuda de sus amigos empujamos el bote al mar y nos montamos, ayudados de la iluminación artificial de los postes de luz que rodean esa playa. Aprendí de Cancha que el bote se llama cayuco y los remos canaletes. Mientras nos alejábamos de la orilla y entrábamos en el mar, las montañas dejaban pasar los primeros rayos de sol. Alcancé a ver algunas de las diez playas donde los tagangueros han pescado por muchas generaciones, hasta que llegamos a Joyito, donde pasaríamos todo el día. 

Pero la pesca con chinchorro se hace en equipo, por lo tanto llegaron varias personas en una lancha, algunos amigos de Cancha y otros familiares de él. Lucas, uno de los que ayudó a atracar el cayuco, me recibió diciendo "la pesca es una aventura". Hasta ese momento la frase parecía referirse a lo divertido y lúdico de compartir con amigos en el mar. 

El primer paso de este tipo de pesca es la tendida, es decir echar el chinchorro al agua cerca de la orilla. Se montaron varios al cayuco y fueron sacando poco a poco el chinchorro para disponerlo en forma circular en la superficie de agua. Posteriormente hay que vigilar con paciencia cuando entra un cardumen al chinchorro para recogerlo inmediatamente antes de que los peces se vayan. Antiguamente era suficiente vigilar desde puestos en lo alto de las colinas que rodean la playa y buscar el brillo que produce la luz del sol sobre el cuerpo plateado de los peces para dar la orden de recoger el chinchorro. Pero hoy en día el agua no es tan cristalina como en otras épocas y algunas veces no se pueden ver los peces desde la distancia, por lo tanto se debe además vigilar el chinchorro de cerca nadando con una careta en busca de peces. Cancha fue el primero que se metió al agua a "caretiar", como ellos le llaman a esta actividad. Se toman turnos de una hora para el "careteo". Incluso el Capi, un hombre de más de 60 años tomó uno de los turnos. 

Las horas pasaron, mientras almorzábamos arroz con bonito, uno de los pescados que se encuentran en la región, hubo momentos para bromear entre amigos. Lucas me contó que hay 175 miembros en la Cooperativa de Chinchorreros de Taganga, quienes se turnan las diez playas y que aproximadamente dentro de seis meses Cancha volvería a Joyito para pescar de nuevo allí. Aparentemente uno de los chinchorreros iba a entregar el chinchorro y Lucas estaba dispuesto a tomar su lugar para hacer sus propias tendidas. 

A eso de las cinco y media de la tarde se recogieron las redes para regresar a la playa de la que habíamos salido por la mañana. Tan solo unos pocos peces llamados lecheros se enredaron en el chinchorro; no hubo recogida de redes aparte de la obligatoria para irnos a descansar. Aldemar, uno de los más jóvenes del grupo arregló algunos de los lecheros, quitándoles las puntas que tienen en la cabeza; sentí algo de alivio al ver a alguien tan joven estaba entusiasmado con la pesca artesanal, siendo él quien acompaño a Cancha a un encuentro con pescadores en Chile y además uno de los protagonistas en el cultivo experimental de ostiones en Taganga con la ayuda de la Universidad del Magdalena. 


Nos montamos en la lancha para regresar a la playa de la que habíamos partido temprano esa mañana. Niuler, como se llama el cayuco de Cancha se quedó en Joyito para la tendida del día siguiente en la playa contigua a la que nos acogió ese día. En la lancha de regreso había un ambiente de tranquilidad. A pesar de una tendida poco o nada fructífera, entendí algo más sobre la paciencia y dedicación que implicaban las palabras que Cancha me había dicho el día anterior: lo que hacía era seguir la tradición aprendida de sus ancestros. 


Cuando nos bajamos de la lancha me despedí de Cancha y de sus compañeros. Vi a Aldemar lanzando los picos de las cabezas de los lecheros al mar mientras el cielo del atardecer me volvía a dar la bienvenida. Recordé lo que Lucas me había dicho esa mañana con una sensación diferente: la pesca es una aventura.


Fotografías y textos por Luis Palacios.
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