Armero

   

Remotos recuerdos de la infancia vienen a mí en forma de fotografías y entrevistas a cerca de la tragedia de Armero, que sucedió casi un año antes de que yo naciera. 

El 13 de noviembre de 1985 en el departamento del Tolima, el volcán Nevado del Ruiz hizo erupción produciendo el deslizamiento de flujos de lodo que azotaron la población de Armero, produciendo la muerte de más de dos terceras partes de su población. 

Muchas historias de pérdidas y desapariciones sonaron durante años mientras yo crecía. Algunas miradas se tornaron hacia el gobierno con la sospecha de que se sabía el alto riesgo de actividad del volcán y no se tomaron las medidas necesarias. Inmediatamente después de la catástrofe los ánimos estaban calientes y la desesperación se sentía. Se produjeron ciertos resultados positivos como la creación de entidades como la Dirección de Prevención y Atención de Desastres en Colombia y se aprendió una lección de respeto y precaución a las señales de riesgo emitidas por los entes vulcanológicos.

Visitar Armero 27 años después es confrontar lo que no se pudo evitar, es entender lo frágiles que somos ante el poder de la naturaleza. Los vestigios muestran huellas de las épocas que vivió el lugar. Un territorio que antes de ser habitado por seres humanos fue un lugar donde cierto tipo de fauna y de flora hizo su hogar. Luego las personas fueron construyendo casas y caminos. El lugar se volvió Armero porque sus habitantes así lo llamaron. Y finalmente la naturaleza reclamó ferozmente lo que es suyo: ahora hay una mezcla de paredes adornadas por musgos y hojas, albercas llenas de agua lluvia, caminos de piedra llenos de verde, casas cuyos nuevos habitantes vegetales desbordan los techos y las ventanas con sus troncos, ramas y hojas. 

Al lado de la carretera se ven letreros opacos de una frutería y un hospital cuyo segundo piso está ahora al nivel del suelo. Los pasillos del hospital son ahora el oscuro refugio de murciélagos que descansan silenciosos solo para moverse al ruido de algún visitante. Pequeños animales se mueven en las calles y las casas de lo que otro día fue un pueblo. Las cifras de destrucción no hablan de la historia como lo hace el lugar, que no es un lugar de angustia, terror ni desesperación; es un templo para la memoria.


Fotografías y textos por Luis Palacios.
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