Resistiendo

   

“Hay que llevar calzado cómodo. Hay que contratar un buen guía. Hay que llevar bloqueador y repelente”. Estas son algunas de las recomendaciones que se escuchan hoy en día para subir a pie a Ciudad Perdida, lugar arqueológico ubicado en el municipio de Santa Marta, en el departamento de Magdalena.

Este territorio ha sido la casa de culturas que han entendido el mundo de formas insospechadas para personas ajenas a esta cosmogonía. Desde por lo menos el año 650 d. C. estas culturas se encontraban allí, desarrollando su propia arquitectura que deja hoy grandes construcciones con terrazas circulares, muros, canales y caminos en piedra. 

Quizás los primeros colonizadores que invadieron el territorio de esas misteriosas culturas a comienzos del siglo XVI, no tuvieron en cuenta precauciones de calzado o de un guía. Probablemente las grandes bestias que montaban debieron suponer una facilidad para moverse en medio de lo desconocido. Las fricciones con estos invasores y además las nuevas enfermedades que ellos traían hicieron que los nativos se dispersaran y diezmaron su población. Aprendieron a vivir en poblados alejados de los caminos. Lo asentamientos más antiguos en la zona estuvieron en uso aproximadamente hasta el año 1100 d.C.

Y resguardados en sus poblados, los nativos vieron llegar posteriormente a otro tipo de colonización: la iniciada por campesinos desde el siglo XIX. Los nuevos migrantes llegaban en busca de oportunidades para trabajar en la agricultura a partir de tierras baldías. Muchas cosas habrán pasado por sus mentes al emprender estas travesías, su situación de necesidad no les habrá dado tiempo para buscar consejos para iniciar tales viajes. Se iniciaron mecanismos de trueque entre estos campesinos y los nativos; intercambios que lastimosamente dejaban en desventaja a estos últimos. En los peores casos tales intercambios eran tan desventajosos que dejaban en deuda permanente a los oriundos de ese territorio, quienes poco a poco veían como sus animales y los productos de sus cultivos terminaban en manos de los campesinos con quienes realizaban los intercambios. 

Y de la misma manera, culturas autóctonas de toda la Sierra Nevada de Santa Marta han visto llegar posteriormente al territorio que ha sido la casa de sus antepasados a otros grupos de personas, algunos para probar suerte con diversos tipos de cultivos, algunos que tienen en sus manos el uso de la fuerza. Pero como las piedras que soportan la corriente del río Buritaca, el legado de estas culturas resiste la prueba del tiempo a través de los descendientes de los que han visto ir y venir a tantas “civilizaciones”. 

Ahora ese lugar recibe a los turistas de diversas partes del mundo, tristemente en muy pequeña proporción a colombianos, para que transiten por los lugares que tantos pies han pisado en otras épocas. En varios campamentos turísticos hay indígenas involucrados en actividades económicas relacionadas con el turismo. Después de tantas dificultades que han sufrido sus predecesores, las actuales comunidades indígenas ocupan terrenos que son suyos por derecho al ser descendientes de quienes los habitaron en otras épocas. 

Yo también escuché las recomendaciones de calzado, repelente, bloqueador y guía que le dicen a muchos que visitan hoy el lugar. Sentí el cansancio del ascenso a pie hasta las terrazas de la Ciudad Perdida y fui recibido con la amabilidad y las sonrisas de indígenas Kogui, como Santiago, quien trabaja como arriero y cortando leña; o indígenas Wiwa como Vicente, quien trabaja en la tienda de uno de los campamentos y me enseñó algunas palabras en su lengua, por ejemplo se saluda diciendo zungi, se pregunta cómo está diciendo nekushi y se da las gracias pronunciando la palabra senshiguaro. 

La espiritualidad y sencillez de su estilo de vida es algo me llena de fascinación y escapa mi entendimiento, y la forma en que han encontrado cierto grado de paz y reconciliación con un pasado turbulento que han sufrido sus comunidades me llena de respeto hacia su forma de ver el mundo. 

En medio de estas sensaciones quiero practicar algo de lo aprendido y decirle senshiguaro a cada uno de ellos.




Fotografías y textos por Luis Palacios.
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2014